Ser comunicadora social es encontrar las
historias del mundo para compartirlas a la sociedad y dejar sembrado el
desconcierto de la duda...Ser educadora es dinamizar los espacios
desestructurando las ideas.


Soy comunicadora social y educadora integral, el
instinto y la disciplina se juntan en mí, educo para servir y comunico para
reconocerme en el otro diverso desde la alteridad.


domingo, 1 de diciembre de 2013

 
CRÓNICA

EL VISIBLE DE LOS INVISIBLES


Se observa una sombra ligera que se mezcla con los vehículos, si se pisa el acelerador seguro no se llega a percibir que alguien sortea los carros. El semáforo está en rojo y las miradas de las personas que van en los automóviles esquivan al hombre negro de 50 años que utiliza una silla de ruedas convertida en rústica bicicleta para movilizarse. Es la esquina de la Avenida Gaspar de Villarroel y Shyris, en la ciudad de Quito y la sombra toma forma, es Nelson Bona, oriundo de Esmeraldas, una persona con discapacidad que asegura no es mendigo y apuesta por la buena voluntad del ciudadano que recorre el norte de la ciudad.

Para Nelson, la gente de la capital es más generosa en comparación a la de Guayaquil. El promedio mensual de sus ingresos en Quito bordea los 600 dólares. Pero él siempre regresa a casa, donde lo espera su anciana madre. Esmeraldas es la ciudad verde que lo recibe para su descanso trimestral. Él la recuerda con alegría, se le iluminan los ojos desgatados por los años y el sol al hablar de aquella ciudad que alberga un 90% de habitantes de etnia negra. Esclavos que descendieron de los barcos allá por el siglo XVI, su marginación e historia de pobreza no ha cambiado.

Trabaja en Quito durante un mes, se hospeda en un pequeño hostal, come en el mercado, ahorra las ganancias y vuelve a su ciudad natal para descansar, para aliviar el dolor que siente en su espalda por una placa que, aunque le da cierta movilidad a su cuerpo, le causa un malestar continuo, que se incrementa a la desesperación que siente por tener sus piernas siempre inmóviles.

Hace 18 años, un accidente en moto lo dejó paralítico. Y a la par sobrevino la soledad. Su esposa lo abandonó con sus tres hijos, dos niñas y un varón entenado. “Así son las mujeres”, dijo mientras sus ojos desviaban la mirada al recuerdo. De ahí en adelante, Nelson buscó la forma de solventar las necesidades de su familia. Continuó su labor de chofer, a través de un automóvil diseñado que le permitiera manejar con su discapacidad; pero el tiempo deterioró el vehículo y se vio obligado a salir a las calles y aceptar “lo que la gente de buen corazón le da”. Un nuevo entorno laboral que comparte con muchos otros con historias similares, realidades diversas sobre la base de muy parecidas causas. Posiblemente esto los vuelve invisibles, poco originales al mundo.

Mientras tanto, descansa, recupera el aliento y vuelve al trabajo. Sus guantes negros con amarillo, desgastados, son los instrumentos que le ayudan a no lastimar sus dedos al momento de  desplazarse en esa bicicleta adaptada en la que recorre Quito, Guayaquil y Esmeraldas. Y en uno de los compartimentos que se adhieren a este peculiar transporte, guarda unos chacos para protegerse de los ladrones. “Podrían tumbarme los choros, pero si ven los chacos ya no se acercan, primero piensan, porque todavía tengo fuerza en los brazos y seguro que les parto el mate”.

Aunque él considere que no es un mendigo, su forma de vida y experiencias lo configuran como tal. Y más allá de las marcadas diferencias socioculturales que categorizan a los sujetos y los ubican en una dinámica de integrados y no integrados, las reglas de juego parecen estar cambiando. Hoy por hoy, el programa de erradicación progresiva de la mendicidad es una prioridad para el Estado y una política pública, sin embargo, las connotaciones históricas disponen un entorno mental entre los que quieren ayudar y aquellos que, como Nelson, tienen un pensamiento alineado a la comodidad de recibir dinero ajeno que en su conjunto supera mensualmente lo que recibiría con un trabajo de ocho horas.

Hasta el año 2012, el país redujo la mendicidad en un 62,90% en relación al 2010. Nelson aún pertenece a este porcentaje, no ha sido ni quiere ser incorporado a los servicios sociales del Estado, no recibe el bono de desarrollo y las gestiones realizadas en el Consejo Nacional de Discapacidades, han reprimido sus esfuerzos de superación. Está solo y a pesar de su discapacidad se siente fuerte para continuar la dinámica de su vida, no le interesa el bono que el gobierno implementa como política de ayuda al desamparado, no le interesa un trabajo con sueldo básico, no tiene mayores expectativas, vaga en el mundo, desapercibido.

Pero se siente cómodo en la calle, independiente, sus hijos han crecido y trabaja exclusivamente para él. Ya es abuelo de seis nietos, hay vigor en sus palabras pero guarda en su mirada una profunda melancolía. Mientras toma agua, jamás se retira el pasamontañas cubierto por una gorra con visera, huye al contacto con extraños, los policías lo perturban tanto como aquellos ciudadanos que “son groseros, insultan, me gritan que no sea vago y busque trabajo, pero yo les digo que si trabajo, que me esfuerzo como cualquier otro, que mi vida está en la calle por una decisión propia”, añade a su diálogo, en medio de una sonrisa, que solo le falta una esposa que no sea ingrata y que lo valore.

Las dinámicas sociales en el país se ven marcadas por historias como las de Nelson,  seres ignorados en las calles, candidatos a la discriminación, al abandono, al desprecio. Realidades que se mezclan con una formación histórica de sumisión, de comodidad, del menor esfuerzo. Quienes transitan por las Avenidas Gaspar de Villarroel y Shyris tal vez no entiendan su lógica de vida y lo sigan enfrentando todos los días con mirada compasiva mezclada con reprobación y desidia.

Nelson, al igual que muchas personas con discapacidad, pertenece a los casi 3000 individuos con experiencias de vida en la calle. Comparte con cientos de ellos una historia trágica que dio inicio a su peregrinaje por las avenidas de la capital, pero sobrevive con el más usado de los métodos de subsistencia, pedir caridad. Su virtud es ser vocero anónimo de una realidad desbordante de inequidad e injusticia, que anuncia que no hay política pública que cubra la dignidad humana.

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