CRÓNICA
EL VISIBLE DE LOS INVISIBLES
Se observa una sombra ligera que se mezcla con los vehículos, si se pisa el acelerador seguro no se llega a percibir que alguien sortea los carros. El semáforo está en rojo y las miradas de las personas que van en los automóviles esquivan al hombre negro de 50 años que utiliza una silla de ruedas convertida en rústica bicicleta para movilizarse. Es la esquina de la Avenida Gaspar de Villarroel y Shyris, en la ciudad de Quito y la sombra toma forma, es Nelson Bona, oriundo de Esmeraldas, una persona con discapacidad que asegura no es mendigo y apuesta por la buena voluntad del ciudadano que recorre el norte de la ciudad.
Para Nelson, la gente de la capital es más generosa en comparación
a la de Guayaquil. El promedio mensual de sus ingresos en Quito bordea los 600
dólares. Pero él siempre regresa a casa, donde lo espera su anciana madre.
Esmeraldas es la ciudad verde que lo recibe para su descanso trimestral. Él la
recuerda con alegría, se le iluminan los ojos desgatados por los años y el sol
al hablar de aquella ciudad que alberga un 90% de habitantes de etnia negra. Esclavos
que descendieron de los barcos allá por el siglo XVI, su marginación e historia
de pobreza no ha cambiado.
Trabaja en Quito durante un mes, se hospeda en un pequeño hostal, come
en el mercado, ahorra las ganancias y vuelve a su ciudad natal para descansar,
para aliviar el dolor que siente en su espalda por una placa que, aunque le da
cierta movilidad a su cuerpo, le causa un malestar continuo, que se incrementa
a la desesperación que siente por tener sus piernas siempre inmóviles.
Hace 18 años, un accidente en moto lo dejó paralítico. Y a la par
sobrevino la soledad. Su esposa lo abandonó con sus tres hijos, dos niñas y un
varón entenado. “Así son las mujeres”, dijo mientras sus ojos desviaban la
mirada al recuerdo. De ahí en adelante, Nelson buscó la forma de solventar las
necesidades de su familia. Continuó su labor de chofer, a través de un automóvil
diseñado que le permitiera manejar con su discapacidad; pero el tiempo
deterioró el vehículo y se vio obligado a salir a las calles y aceptar “lo que
la gente de buen corazón le da”. Un nuevo entorno laboral que comparte con
muchos otros con historias similares, realidades diversas sobre la base de muy
parecidas causas. Posiblemente esto los vuelve invisibles, poco originales al
mundo.
Mientras tanto, descansa, recupera el aliento y vuelve al trabajo.
Sus guantes negros con amarillo, desgastados, son los instrumentos que le
ayudan a no lastimar sus dedos al momento de
desplazarse en esa bicicleta adaptada en la que recorre Quito, Guayaquil
y Esmeraldas. Y en uno de los compartimentos que se adhieren a este peculiar
transporte, guarda unos chacos para protegerse de los ladrones. “Podrían
tumbarme los choros, pero si ven los chacos ya no se acercan, primero piensan,
porque todavía tengo fuerza en los brazos y seguro que les parto el mate”.
Aunque él considere que no es un mendigo, su forma de vida y
experiencias lo configuran como tal. Y más allá de las marcadas diferencias
socioculturales que categorizan a los sujetos y los ubican en una dinámica de
integrados y no integrados, las reglas de juego parecen estar cambiando. Hoy
por hoy, el programa de erradicación progresiva de la mendicidad es una
prioridad para el Estado y una política pública, sin embargo, las connotaciones
históricas disponen un entorno mental entre los que quieren ayudar y aquellos
que, como Nelson, tienen un pensamiento alineado a la comodidad de recibir
dinero ajeno que en su conjunto supera mensualmente lo que recibiría con un
trabajo de ocho horas.
Hasta el año 2012, el país redujo la mendicidad en un 62,90% en
relación al 2010. Nelson aún pertenece a este porcentaje, no ha sido ni quiere
ser incorporado a los servicios sociales del Estado, no recibe el bono de
desarrollo y las gestiones realizadas en el Consejo Nacional de Discapacidades,
han reprimido sus esfuerzos de superación. Está solo y a pesar de su discapacidad
se siente fuerte para continuar la dinámica de su vida, no le interesa el bono
que el gobierno implementa como política de ayuda al desamparado, no le
interesa un trabajo con sueldo básico, no tiene mayores expectativas, vaga en
el mundo, desapercibido.
Pero se siente cómodo en la calle, independiente, sus hijos han
crecido y trabaja exclusivamente para él. Ya es abuelo de seis nietos, hay
vigor en sus palabras pero guarda en su mirada una profunda melancolía.
Mientras toma agua, jamás se retira el pasamontañas cubierto por una gorra con
visera, huye al contacto con extraños, los policías lo perturban tanto como
aquellos ciudadanos que “son groseros, insultan, me gritan que no sea vago y
busque trabajo, pero yo les digo que si trabajo, que me esfuerzo como cualquier
otro, que mi vida está en la calle por una decisión propia”, añade a su
diálogo, en medio de una sonrisa, que solo le falta una esposa que no sea
ingrata y que lo valore.
Las dinámicas sociales en el país se ven marcadas por historias
como las de Nelson, seres ignorados en
las calles, candidatos a la discriminación, al abandono, al desprecio.
Realidades que se mezclan con una formación histórica de sumisión, de
comodidad, del menor esfuerzo. Quienes transitan por las Avenidas Gaspar de
Villarroel y Shyris tal vez no entiendan su lógica de vida y lo sigan
enfrentando todos los días con mirada compasiva mezclada con reprobación y
desidia.
Nelson, al igual que muchas personas con discapacidad, pertenece a
los casi 3000 individuos con experiencias de vida en la calle. Comparte con
cientos de ellos una historia trágica que dio inicio a su peregrinaje por las
avenidas de la capital, pero sobrevive con el más usado de los métodos de
subsistencia, pedir caridad. Su virtud es ser vocero anónimo de una realidad
desbordante de inequidad e injusticia, que anuncia que no hay política pública
que cubra la dignidad humana.

